Piedra OnLine

jueves, 3 de septiembre de 2015

Todos lloran a Aylan: ¿y?

Dibujos y mensajes recuerdan al niño de tres años encontrado muerto en la turística playa turca de Bodrum. Pero más allá de llorarlo y homenajearlo, ¿qué hacemos además de ser espectadores? ¿y los dirigentes, qué hacen, qué les exigimos que hagan?








Todas las tragedias tienen sus símbolos. Cuando faltan las palabras, una imagen puede resumir todo el horror, y eso es lo que ha sucedido con la fotografía de Aylan Kurdi, el niño de tres años encontrado muerto en la turística playa turca de Bodrum.

Aylan tenía tres años, y falleció ahogado, igual que su hermano y su madre, cuando intentaban llegar, junto a otros refugiados sirios, a la isla griega de Kos.

De la familia, que procedía de la localidad de Kobane, únicamente ha sobrevivido el padre. Habían pedido asilo a Canadá, pero su solicitud fue denegada. Otra vez la burocracia y la desidia se cobra la vida de personas inocentes.

Las redes sociales han querido homenajear, con dibujos y montajes fotográficos, al niño muerto que ya es un icono de la tragedia de los refugiados.

Sobre esta reacción mundial vale rescatar la reflexión de Valeria Llobet, investigadora del Conicet y profesora en la Universidad Nacional de San Martín, quien escribió:

"Mentiras. La imagen de un niño muerto conmueve, duele. Pero no todas las muertes nos transforman en dolientes. Las imágenes nos convocan lejanos y a salvo, capaces de llorar lágrimas angustiadas que se secan con el revés de la mano.

Un niño muerto no es el mundo entero.

Un niño sirio o africano ahogados tratando de huir de la violenta pobreza de sus países hacia las ex metrópolis coloniales. Un niño guatemalteco u hondureño asesinado o deportado tratando de huir de la violenta pobreza de sus países hacia la nueva metrópoli. Esas muertes nos duelen a la distancia, pero el dolor opaca sus contextos políticos y no nos sirve para transformarnos en dolientes.

Mario Testa, el gran sanitarista argentino, decía que la muerte es un problema sólo cuando nos transforma en dolientes, cuando su duelo es nuestro. Es nuestro el duelo cuando debajo de las lágrimas se forma una rabiosa comprensión política de la causa de esas muertes. Somos duelantes cuando comprendemos la forma en que el niño sirio muerto en la orilla de la expoliada Grecia es equivalente al niño africano tragado por el Mediterráneo siracusano, y es conmensurable al niño palestino y al niño hondureño y al niño villero argentino matado en su casilla, como Kevin, o asesinado en el Riachuelo, en los basurales, cruzando descalzo y corriendo la General Paz.
Las muertes son inconmensurables, un niño es el mundo entero. Pero sólo lo es a condición de que las lágrimas cimenten un concernimiento político y no sólo dramático".