Piedra OnLine

viernes, 20 de noviembre de 2015

La história de El Degolladito en La Rioja

La historia se origina a raíz del asesinato de un joven de aproximadamente veinte años de edad, que fuera consumado en la parte media del camino (hoy abandonado) que unía los departamentos San Blas y Arauco. Paralelo al tramo ferroviario de la línea Gral. Belgrano que unía a las poblaciones de Alpasinche con Aimogasta.




El adolescente, cuyo nombre y apellido se desconocen, se encontraba cursando el segundo año de una carrera universitaria y cada mes, cuando culminaba la visita a sus padres, tomaba el tren en la ciudad de Tinogasta, para dirigirse a la ciudad de Buenos Aires, a fin de continuar los estudios.

Apuesto y bien educado, primogénito de un acaudalado empresario, despertaba admiración entre sus amistades; hecho que se engrandecía con la intelectualidad que poseía.

Claro, que su presencia también despertaba la codicia de algunos miembros del bajo fondo en el Valle, quienes, decididos a quedarse con la fortuna de la familia, habían preparado una celada al joven, a efectos de robarle los víveres, los efectos de valor, y una importante suma de dinero que surgiría tras el pedido de rescate, ya que pensaban secuestrarlo.
En efecto, los malhechores estaban al tanto de los movimientos de la familia, y por ello conocían perfectamente, que el joven, a diferencia de otras ocasiones, había optado por trasladarse en caballo hasta Aimogasta, debido a la ruptura de un puente en el tramo ferroviario, cercano a la localidad de Alpasinche. Acompañado por un Capataz de la Estancia, tomó el camino de tierra montado en un brioso corcel, trasladando una carreta con provisiones y otros enseres indispensables para su vida en la ciudad.

Sucedió que a la altura de la pequeña estación de control técnico del Ferrocarril Belgrano, que se ubica a veinte kilómetros de Aimogasta, el grupo de delincuentes interrumpió el avance del joven y su acompañante, y encañonándolos con armas de fuego, tomaron todos los elementos de valor que portaban en la carreta, despojándolos incluso, de la ropa que llevaban como abrigo.

Comprendiendo que no sólo eso pretendían los malvivientes, el joven, inexperto e ignorante de la calaña de los asaltantes, intentó una reacción que fue repelida.

Uno de los delincuentes que se encontraba a sus espaldas, asestó una puñalada a la altura del cuello del infortunado estudiante hiriéndolo de gravedad. Alarmados por el inesperado desenlace del plan, los ladrones se retiraron del lugar olvidándose de lo robado, y dejando moribundo al joven ante la mirada aterrorizada del Capataz. El mayoral se sobrepuso, y contó con la providencial llegada de una máquina ferroviaria que provenía desde Aimogasta.

El maquinista, desesperado por lo sucedido, colocó la máquina en retroceso y retornó hasta la Estación de Aimogasta, donde consiguió reunir a efectivos de la policía y del hospital para que certificaran el estado del joven.

Cuando llegaron, constataron que el infortunado había muerto desangrado. Ante la incapacidad del Capataz en reconocer a los asesinos, la investigación policial y judicial quedó en la nada.

Con el paso del tiempo, los padres del joven fallecieron víctimas de la amargura, y el lugar, cual una “huaca”, se transformó en un centro de peregrinaje para curiosos y vecinos.

Una mañana, un desconocido colocó una cruz sobre la apacheta de piedras que señalaba el lugar de la muerte, y luego otro estampó sobre una roca el agradecimiento por haberlo salvado de una grave enfermedad.

Eso bastó para que terceros se encargaran de difundir el milagroso acto humanitario, y muchos más se llegaran hasta el lugar del asesinato, con el fin de pedirle al “degolladito” que los ayudara a solucionar tal o cual problema.

Así fue que la tragedia trascendió los límites de la realidad, transformándose en un mito dotado de poderes de sanación, al que todos recurren con el objeto de agradecer el cumplimiento de un pedido, o con la intención de implorarle que los ayude a soportar una penosa enfermedad.

Tal como ha sucedido con otras tradiciones populares, en el lugar se construyó un pequeño espacio cubierto donde los adoradores del degolladito la fábula depositan flores y otros objetos personales.

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