Piedra OnLine

domingo, 14 de febrero de 2016

El parador donde ayudar al viajero es una religión

Hace cuatro décadas Juan Miguel Prunetti y Nélida Churrarín abrieron Creo en Dios en Picún Leufú. El servicio es su vocación.

NEUQUÉN (AN) .- Al mediodía, el parador de Picún Leufú huele a papas fritas y milanesas. De fondo, suenan los cubiertos contra los platos de vidrio a coro con la voz tranquila de Nélida Churrarín. Con alegría la mujer de manos grandes lleva a las mesas de sus comensales viejas anécdotas de su vida y del pueblo que la vio nacer.

Nélida cuenta la historia de un hombre que un día, allá por los años 50, pasó por ahí: Juan Miguel Prunetti.

En el momento en que Juan llegó a Picún, la tormenta acechaba. Él iba a Neuquén en un camión canadiense pensando en el viaje que pronto haría a los Estrados Unidos, donde un tío lo esperaba. Pero su camión se rompió y esa pausa obligada en el lugar le cambió la vida: en la banquina de un camino oscuro, los autos se detenían a preguntarle si iban bien para Bariloche; un hombre pasó a caballo y le explicó que había un mecánico atrás del cerro, pero que tenía que comprar un repuesto en la ciudad. El comisario de ese pueblo, le ofreció que pase la noche en su casa y al amanecer fue a Neuquén con un turista, compró lo necesario y arregló el camión. Al volver se dijo "No me voy más. Voy a poner un negocio para la gente que pasa por acá".

A los cinco años de ese acontecimiento Prunetti se casó con Nélida.

Entre los dos cerros, hicieron su casa y pusieron el parador Los Cerrillos, con un surtidor para vender combustible. Ahí los viajeros paraban a preguntar; a veces llegaban con sus autos rotos, o perdidos. "Siempre les hacíamos un sandwich para que lleven, les calentábamos mamaderas a los bebés o les dábamos alojamiento", dice Nélida.

Un día, una heladera a querosén de cuatro puertas falló. Sentada en el gran local de pisos limpios que tiene ahora, Nélida recuerda aquel mal momento: el técnico había ido a arreglarla, pero hizo un corto circuito y el fuego se comió todo.

Al principio la angustia fue grande, pero los amigos los salvaron. En 18 días rearmaron el negocio y empezaron a trabajar con un nuevo nombre "Creo en Dios".
El trabajo marchaba a la par en el negocio y la chacra. Ya habían emparejaron 40 hectáreas con palas, y habían plantado 20 álamos, cuando llegó un empleado de Hidronor a decirles que se tenían que ir.

La vida –tal como ellos la vivían– dio un triste vuelco. Iban a construir la represa de El Chocón y el pueblo quedaría siete metros bajo el agua del lago Exequiel Ramos Mejía.

"Mi marido se quedó cuatro días en cama; yo estaba con el corazón en la boca, creí que se moría. 'Estoy desmoralizado, trabajar tanto, emparejar tantos médanos, hacer el canal tan largo y lo que gastamos', me decía", recuerda Nélida y no se detiene. "Al ingeniero le dije: 'Ustedes me matan a mi marido. El doctor dice que tiene depresión".

El lago avanzaba 500 metros por día y no había tiempo que perder. "Le hice una carta al gobernador y esa misma noche nos llamó para decirnos que nos ubiquemos donde quisiéramos", dice Nélida.

Cuando salió el sol, fueron juntos a buscar el lugar. Iban entre los médanos pero nada parecía bueno, "hasta que vi el médano más chico y le dije 'acá sí'. Eso fue mandado por Dios porque ahora tengo la Ruta 237 enfrente y acá pasa la 17 al lado", dice apuntando con el mentón a cada lado de su negocio.

Hoy, Nélida recibe en el parador a cientos turistas, más los jóvenes que almuerzan o cenan ahí antes de llegar al viaje de egresados en la cordillera. Además tiene hospedaje y hasta pileta para el que quiera pasar un día. "Nos han dicho que es el mejor parador de la República Argentina", dice la mujer.

Nélida nació en Picún. Ahí se criaron sus hijos. Dice que ya tiene 84, que es una pionera. "A esa calle le pusieron Juan Miguel Prunetti", cuenta y la nostalgia la invade. Con una sonrisa de labios pintados agrega: "Antes de morir, lo único que mi marido me pidió es que cuando pase un turista lo ayude, que no se vaya sin su sandwich para el viaje".