Piedra OnLine

lunes, 17 de abril de 2017

Correr para dejar atrás la guerra: el camino de un excombatiente de Malvinas


CÓRDOBA, Argentina — Ever Moriena no recuerda exactamente la fecha en que decidió suicidarse. Sabe que fue una tarde de 1984, una o dos semanas después del 2 de abril, durante esos días en los que muchos excombatientes de la guerra de Malvinas vuelven a pensar en la derrota; en que creyeron que volverían como héroes y los recibieron como delincuentes; en que viajaron con una idea —“Victoria o muerte”—, pero volvieron vivos y sin haber ganado nada.

Aunque no existen datos oficiales, las organizaciones de excombatientes de Argentina estiman que, en los 35 años siguientes a la guerra, se suicidaron entre 400 y 500 soldados que participaron en el conflicto. Casi tantos como los 649 que murieron en 1982 durante los 74 días de combate contra los ingleses.

“Yo encontré más enemigos en la sociedad argentina que en las Malvinas”, dice ahora Moriena, un hombre de 55 años y músculos marcados. Está sentado al costado de una ruta de la provincia de Córdoba (en la región central del país), controlando el pase de los corredores de “la 602 kilómetros”, carrera que él inventó y que organiza cada dos años. Lleva bermudas y una pechera amarilla fosforescente. En cada gemelo tiene un tatuaje: en el derecho, el logo de la Ironman que ya corrió 11 veces; en el izquierdo, el logo de “la 602 kilómetros”, su carrera. Dirá después: el deporte le salvó la vida.


A mediados de 1982, la dictadura argentina, a cargo del general Leopoldo Galtieri, se tambaleaba. El 2 de abril, en medio de una crisis absoluta tapada por los medios de comunicación y a tres días de la primera huelga general, Galtieri intentó lanzar un golpe de marketing que, como el Mundial de 1978, sirviera para esconder el vaciamiento económico del país, la represión y la muerte. La historia estaba de su lado: la bandera Argentina había sido izada en las Malvinas por primera vez en noviembre de 1820. Trece años después, una expedición militar británica había cruzado los más de doce mil kilómetros de oceáno que la separaban de las islas para ocuparlas.

El 70 por ciento de los soldados argentinos que participaron en la guerra eran conscriptos, muchos de ellos tenían entre 19 y 20 años. A pesar de su valentía, no contaban con el equipo ni la preparación para vencer a un ejército profesional. Si bien durante el conflicto hubo masivas campañas de apoyo a su desempeño, al volver fueron tratados como parias. “No nos hablaban”, dice Moriena: “Parecíamos sombras”.

Frente a lo que muchos suponen, cree Moriena, la decisión de suicidarse no se toma de un día para el otro. Los verdaderos suicidas sufren en silencio. Algunos durante semanas o meses. Otros, a lo largo años. La posibilidad se transforma en decisión como la fruta que, con el tiempo, pasa de verde a madura.
Tánatos, la guerra

Moriena llegó a Malvinas como tirador especial, pero no tenía arma. Desde el primero de mayo hasta el 12 de junio de 1982 estuvo en las posiciones del aeropuerto de Puerto Argentino, adonde los bombardeaban por aire y por agua, día y noche: en total, cuenta, recibieron unos 129 mil kilos de explosivos. Recién a mediados de mayo consiguió un fusil, en el hospital adonde fue a visitar a los heridos.

La tarde del 13 de junio un camión llevó a dos secciones de su regimiento hasta el Cerro Zapador, la primera línea de la batalla. Llegaron de noche: no tenían carta, no tenían mapa, la radio se había roto, el oficial a cargo había desaparecido. Eran quince soldados y un suboficial que no sabían dónde estaban ellos, dónde los campos minados, en qué frente los ingleses, en cuál los argentinos. Si veían un bulto cerca, por las dudas, le disparaban. Moriena cree que, probablemente, le hayan tirado a la propia tropa. Nunca lo supieron.

Recuerda su cuerpo contra el piso, agachando la cabeza, sintiendo las balas silbándole cerca. Las ondas expansivas que, después del trueno, lo hacían volar uno o dos metros, lo aturdían (perdió la audición del oído izquierdo). El ruido del cañón, de la munición entrando en la tierra, el sonido vibrante de la espoleta, tttrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr, la explosión allá abajo.

“En la Argentina siempre nos llamaron ‘los chicos de la guerra’ y, sin embargo, los ingleses no podían creer que, a pesar de ser jóvenes y estar mal comidos, en un pozo congelado, después de soportar bombardeos frenéticos, cuando llegaran quisiéramos enfrentarlos”, dice Moriena. Cree que si hubieran ganado la guerra, a los excombatientes los habrían tratado como a reyes.

Al volver, nadie se ocupó de los soldados. “Conseguir trabajo era imposible: ¿Quién quería en la oficina a un tipo que había estado en la guerra? Todos me miraban raro”, cuenta Moriena. En 1983, con estrés postraumático, pudo entrar en la división explosivos de la policía de Córdoba. “Me hicieron un examen psicológico y, aunque no estaba en condiciones, me dieron el uniforme y un arma reglamentaria: una locura total”.

Moriena cree que los suicidas no se matan cualquier día sino cuando encuentran el momento. Él lo encontró esa tarde de abril de 1984 en la pensión donde vivía. Después de bañarse, se dio cuenta de que no quería sufrir más. “Pensaba: Fui a Malvinas como voluntario. Di todo, ¿mataron a mis compañeros para que nos traten así? ¿Qué hicimos mal? ¿Fuimos a defender de los ingleses a esta gente que nos desprecia?”.

Sentado en la cama, sacó el arma reglamentaria del cajón de la mesa de luz y se la acercó a la boca, pero escuchó dos golpes en la puerta. Hizo silencio, esperando que quien golpeaba se fuera. Otros dos golpes y Moriena abrió. “¿Estás bien?”, le dijo un compañero de trabajo al verlo pálido. “Sí, andate”, respondió él. “Antes, firmame este papel que quedó pendiente”. Después de que el hombre se fuera, Moriena volvió a sentarse sobre las sábanas. Pero la calma ya no estaba. El momento había pasado.


Nunca más volvió a sentir esa tranquilidad agónica, dice. No hubo otro intento de suicidio, no consciente al menos, porque tomaba, fumaba, se drogaba “con lo que tenía”.

Hasta que un amanecer, el sol lo descubrió acostado en un baldío entre bolsas de basura. No recordaba nada de lo que había pasado la noche anterior. Se palpó la cintura: el arma estaba en su lugar. Al levantarse, pensó: “Pasamos más de 45 días en un pozo de agua, barro y ratas, con temperaturas de diez grados bajo cero y, después de todo eso, combatimos como fieras”. Pensó: “No pudieron matarme los ingleses, no voy a dejarme morir tan fácil”. Se dijo: “Si sigo así voy a ser uno más de los suicidas de la guerra”.

Y decidió que iba a vivir.
Eros, el deporte


En 1986 no solía ser común ver personas corriendo en la calle pero allá iba Ever, un kilómetro, sin frenar. Con lluvia o viento, dos kilómetros. Constante y continuo, cinco. Siete y se sentía bien. Diez. Había encontrado una motivación. Quince kilómetros, un sentido para vivir. Veinte, y así.

Su casa, en la pequeña ciudad cordobesa de Río Cuarto, quedaba a 45 kilómetros de la de sus padres: en La Carolina del Potosí, un pueblo rural con apenas 100 habitantes. Los domingos a la mañana guardaba en la mochila una manzana y una botella de agua y corría los 45 kilómetros en menos de cuatro horas. Llegaba, comía ñoquis con su padre Osvaldo y su madre, Odilia Aluffi, dormía la siesta y, luego, la mochila sobre la espalda, volvía a correr.

Así fue dejando atrás las sensaciones vividas porque, dice ahora al costado del camino, mientras mira a un competidor subirse a su bicicleta y comenta que su mujer está embarazada y espera un hijo, por más que uno entrene días y noches, por más que lea manuales y manuales sobre combate, nadie, ninguna persona, puede imaginar lo que es una guerra. “La parte más traumática es ver morir a alguien que querés, rendirte. Saber que tanto esfuerzo no había valido para nada nos generó una culpa contra nosotros mismos”.

Para escaparse de esas sensaciones, en 1989 viajó a Europa. No conocía a nadie, sólo tenía cincuenta dólares. En Castelnuovo Scrivia, Italia, hizo los trámites para conseguir la ciudadanía, pero le faltaba un papel. Lo pidió por correo. Durante el mes de espera, durmió en los baños de la estación de tren, comió lo que encontraba. Cuando el papel llegó, consiguió trabajo en una empresa dedicada a repetir, frente a una tribuna, escenas de riesgo de las películas de Hollywood. Empezó pegando afiches, al poco tiempo estaba manejando un auto sobre dos ruedas, deslizándose por una pista de fuego sobre una chapa. También trabajó como camionero. Durante la guerra de Yugoslavia, la Organización de las Naciones Unidas lo contrató para llevar alimentos de Trieste a Sarajevo. Nunca dejó de entrenarse. Dice: el deporte le salvó la vida.

En 2007, varios años después del nacimiento de su hija Quillén y de volver a la Argentina, quiso participar en el Ironman de Brasil. Pero no le alcanzaba la plata para viajar así que, el día de la competencia, cuenta, la hizo solo. En su ciudad y sin que nadie lo viera, nadó 3,86 kilómetros, pedaleó 186 y corrió la distancia de una maratón. Al año siguiente hizo lo mismo. Y al otro. Finalmente, en 2010, pudo viajar al Ironman de Hawai.

Cuatro años después quiso anotarse en una de las carreras más duras del planeta, el Ultraman Florida (en tres días: 10 kilómetros de natación, 420 de bicicleta y 84 de pedestrismo), pero el costo de la inscripción era de 1800 dólares y debía estar acompañado por dos personas durante todo el trayecto. “Pensé que no sólo la corría gente con aptitud física y mental sino que, además, tenía un montón de plata”, cuenta Moriena. “Y ese año iba a correr el Ironman de Sudáfrica. Así que, al volver, decidí armarme un ultramaratón exclusivo. Lo comenté en Facebook y me empezaron a llegar mensajes de gente que quería sumarse”. Se dijo: va a ser la carrera más extrema del mundo.

“La 602 Kilómetros” se disputa en marzo, cada dos años. El primer día, los participantes deben nadar 10 kilómetros y recorrer 200 en bicicleta (con un desnivel de tres mil metros); el segundo día pedalear 300 kilómetros (con un desnivel de cinco mil metros). El tercer día, correr 92 kilómetros.

Es una carrera de 45 horas que el 60 por ciento de los inscriptos abandona. Una carrera personal y extrema: donde todos —hasta el que la gana—, en algún momento se arrepienten de haberse anotado. Una carrera que, como dijo un competidor alguna vez, sólo se le podría haber ocurrido a alguien que sufrió lo que es estar en una guerra.