Piedra OnLine

jueves, 15 de junio de 2017

Cómo es vivir y estudiar en una escuela albergue

Brian, Osvaldo, Deborah y Alicia cursan el primario en la 216, en Colan Conhue. Como sus papás viven a 35 km, ellos vuelven a sus casas un fin de semana cada 15 días.

Quince días largos con sus noches. Dos semanas enteras en el mismo lugar: la escuela. Alicia, Deborah, Brian y Osvaldo pasan sus días así, con sus maestras, la directora, los auxiliares, sus compañeros de escuela, las cocineras y los porteros, excepto ese fin de semana al mes en el que vuelven a sus casas a ver a su familia.

La Escuela Albergue Nº 216, en el paraje Colan Conhue, a 92 kilómetros de Jacobacci, es un lugar muy amplio, luminoso y calentito. Por sus enormes ventanas se ve el paisaje parco de la Línea Sur y se adivina el frío. Por su puerta principal entran y salen los vecinos que vienen de visita. Y los fines de semana entran y salen también los chicos que aprovechan los flacos rayos de sol para jugar al fútbol, en el patio de adelante.

Arranca el traqueteo del generador de energía y se hace la luz en todo el paraje. Alicia (10 años), Deborah (12), Brian (6) y su hermano Osvaldo (9) se levantan. Las chicas comparten una habitación; los chicos otra.

Hubo una época en la que aquí vivían muchos más internos. Pero en este 2017 quedaron sólo 4. Los egresados se fueron a seguir el secundario a Maquinchao, donde hay una residencia similar. Y este año no hubo ingresos. Brian tiene el récord de ser el más joven del albergue.

La directora de la escuela, Alejandra Deccechis, logró que el pequeño entrara como interno a los cinco . “Acá había una contradicción porque la educación es obligatoria desde los cinco años, pero no permitían que él entre hasta los seis porque esa es la edad fijada para los albergues. Con él conseguimos que pueda escolarizarse a los cinco”, dice orgullosa esta mujer que hace tres años está al frente del establecimiento y que vive en una pequeña casita unida por una puerta a la cocina de la escuela.

Para Alejandra, la 216 es todo: tiene álbumes de fotos de lo que se ha hecho en el lugar; se enorgullece del laboratorio que logró construir; sabe que la escuela es un espacio fundamental en este pequeño pueblo; que cuando hay un cumpleaños de 15, pueden sumar voluntades entre todos para armar el gran festejo en el salón principal (que unos cocinan, otros decoran, y todos se divierten); que los vecinos cuentan con esas puertas abiertas y que todos se pueden dar una mano.

Después de levantarse, los chicos se preparan para ir a clases: un camino de treinta pasos más allá. Antes, pasan por el lavadero, descuelgan sus guardapolvos prolijamente lavados, se ponen la mochila al hombro y atraviesan el salón principal.

Hay bullicio. Ya llegaron los otros 25 alumnos que estudian allí. Son los chicos de entre 6 y 12 años que viven en las casas cercanas a la escuela. No como ellos cuatro, que están en el albergue porque sus papás están en los campos más alejados del paraje, a 35 kilómetros.

En la escuela hay dos aulas: en una cursan 1º, 3º y 4º (no hay alumnos de 2º este año), y en la otra 5º, 6º y 7º. Las dos maestras están ejercitadas en el arte de dar tres lecciones diferentes en cada salón.

Los 29 alumnos pasan al comedor, un espacio alargado y estrecho con tres mesas unidas y bancos. Y allí almuerzan algunos de los variados platos que preparan las cocineras de la institución.

Esa zona de la escuela huele a casero todo el tiempo. Al lado, la pequeña cocina funciona como el corazón de la máquina. No se detiene nunca y siempre hay algo rico preparándose en sus fuegos y ollas: pan y medialunas desde las siete de la mañana; fideos a la boloñesa al mediodía, torta frita a la tarde; arroz con pollo a la noche. Roxana y Rosita en el primer turno y Miriam en el segundo, están siempre amasando, o cortando carne, o preparando mate cocido, o picando cebolla.

Transcurre la segunda parte de la jornada escolar. A esa hora ya tuvieron Matemática y Lengua, pero también Plástica, Educación Física, Música e Inglés.

Después de que sus compañeros vuelven a casa, Osvaldo, Brian, Alicia y Deborah se quedan con Silvia, o con Juan, los dos auxiliares. Primero descansan un rato, pero después tienen su tiempo de estudio y deberes. También el horario del baño, y el del acotado uso de la PC (media hora). En la escuela no se ven televisores, ni celulares. La conexión a internet es lo suficientemente buena como para que todos los adultos que viven, trabajan o pasan por ahí, puedan conectarse. Pero nadie anda mirando una pantalla. Ni en la escuela, ni en las calles del paraje. El celular no es una extensión del cuerpo en esta región.

Cuando el invierno ya tiñe el cielo de oscuro, empieza la escuela nocturna. Muchos de los que trabajan en la propia escuela, como Miriam (la cocinera, que ya cursa 2º), o Juan (el auxiliar que se ocupa de la limpieza, y que ahora está a punto de terminar 7º), más otros vecinos , se meten al aula para aprender a leer y escribir y para llevarse un día el certificado de la primaria.

Arranca el secundario para adultos, que tiene diez alumnos entre los habitantes del paraje.


El comedor se vuelve a ocupar. Pero a esta hora, la concurrencia es escasa. Ya sólo se sientan los cuatro chiquitos internos, la directora, y un auxiliar.

Quedan poco más de tres horas de luz.

0:30.
El generador vuelve a enmudecer y la escuela y el paraje entero quedan a oscuras.

A esa hora, los cuatro pequeños estarán descansando en sus camas.

La vida es sencilla y parece feliz entre esas paredes.

Brian, Osvaldo, Alicia y Deborah pasan quince días seguidos aquí antes de volver a casa. Pero ellos dicen que no se les hace largo. Que lo pasan bien. Incluso los sábados y domingos, cuando los compañeritos del paraje se acercan a la escuela a jugar con ellos. Se ríen, y juegan. Estudian y descansan. Cenan; duermen. Todo entre las mismas paredes de la escuela, que en este lugar se parece tanto a una casa.