Piedra OnLine

domingo, 13 de mayo de 2018

El ermitaño de Collón Cura: crónica de 30 años de soledad

A metros de la Ruta Nº 237, Argentino Libertador Aranea pasa sus días sin luz, radio ni celular.

Una semana atrás se incendió su casilla y manos solidarias le acercan comida y agua. Cuenta una leyenda que se quedó ahí tras perder a su familia en un accidente.
Llegó a la zona hace 30 años y ésta es su verdadera historia.
Apareció de manera imprevista como una sombra, entre la espesa neblina que cubría Collón Cura. Observó, cauteloso, a los visitantes.
Un pequeño perro cimarrón salió al encuentro moviendo la cola y dio varios saltos a modo de bienvenida. Argentino Libertador Aranea permanecía quieto. Distante. Hasta que respondió, afectuosamente, el saludo.

El hombre que lleva 30 años viviendo solo, al costado de la ruta, en ese tramo serpenteante de Collón Cura, camina despacio. Su frondosa barba canosa cubre gran parte de su rostro agrietado por el viento intenso y el frío de la Patagonia. Sus manos impregnadas de hollín, curtidas, reflejan la crudeza de varios inviernos.

“Me gusta la soledad”, respondió el hombre, que aprendió a convivir con el silencio. Dijo que su primer nombre es Argentino, pero en su deteriorado documento, que rescató de entre las cenizas, sólo figura Libertador Aranea, nacido un 10 de mayo de 1950. La foto desgastada muestra a un joven lleno de vitalidad, de abundante cabellera negra y tez blanca.


Argentino dijo que nació en Bariloche, pero se crió en el campo. Contó que sus padres fueron Delfina Millar y Andrés Aranea. Eran puesteros en una estancia. Por eso, aseguró que el amor por el campo lo acompaña desde pequeño.

“Trabajé en el campo mucho tiempo”, rememoró. “Me gusta vivir acá. No me gusta el pueblo”, afirmó. Los pocos recuerdos afloran como si fueran pequeñas grageas. “Me vine acá cuando tenía veinte, treinta años”, rememoró. Quienes conocen su historia aseguran que lleva 30 años en ese lugar.


Un incendio
Argentino recorre los restos que dejó el incendio, que redujo a escombros la tapera que lo cobijó durante muchos años. Allí, soportó temporales de lluvia y viento, nevadas y jornadas soleadas.

Relató que el fuego comenzó en el interior de la precaria construcción y en pocos minutos devoró todo a su paso. No pudo salvar nada. Por fortuna, el incendio ocurrió cuando se había ausentado y caminaba a metros del lugar. Un arsenal de latas de conserva, de varios tamaños, indica el lugar además de los restos de madera quemados.

El incendio de la casillita se transformó en noticia días atrás. El ermitaño de Collón Cura estaba otra vez en los medios. Argentino nunca se lo propuso. Ni siquiera está al tanto de la curiosidad que genera la historia de un hombre que, en pleno siglo XXI, vive sin luz, sin agua potable, radio, ni televisión, ni celular. No tiene ninguna comodidad.

En 2015 manos solidarias levantaron una casillita de chapas de cinc, de reducidas dimensiones. Pero Argentino no vivía ahí. Ahora se mudó obligado por el incendio. En esa casillita de chapas, que brillan con los rayos del sol, es tan poco el espacio que sólo entra una cama, una estufa a leña y algunos utensilios. La construcción emerge sobre el terreno desde el cual se observa el imponente embalse Alicura.

En ese rinconcito, el tiempo parece que se detuvo. “Estoy bien”, aseguró Argentino. Sus respuestas son cordiales, pero con pocas palabras.

Ni las heladas ni las nevadas logran alejarlo de ese pequeño retazo de tierra que limita con la ruta y el alambrado de un campo de miles de hectáreas. “Acá las madrugadas y las mañanas son heladas”, explicó. “A veces me resfrío un poco”. Sólo hace fuego al aire libre para cocinar algunos fideos o la carne que recibe de personas que detienen su marcha en ese punto. Aclaró que la estufa a leña de la casilla sólo la prende cuando nieva. Le falta un hacha afilada y una lona para cubrir la leña que su hermano le llevó.

Una bandera de la provincia de Neuquén indica el sitio donde Argentino vive. Hay una tarima de madera, donde camioneros y ocasionales visitantes pasan frecuentemente a dejarle alimentos y agua envasada. Un grupo de personas creó hasta una cuenta en Facebook (todos por Argentino) para tener noticias permanentes del hombre, que suma más de 4 mil seguidores.

Familia

No está solo. Mencionó que tiene varios hermanos. Amador, por ejemplo, que vive en Dina Huapi, a unos 130 kilómetros de Collón Cura. Dijo que su hermano lo visita con frecuencia. Es más, varias veces lo llevó a vivir a su casa. “Pero no me gusta el pueblo. Me gusta estar solo”, insiste.

Amador recordó que Argentino estudió en la escuelita del paraje Las Bayas, distante a unos 180 kilómetros de Bariloche, en la Línea Sur rionegrina. “Era un chico muy alegre, inteligente, educado”, afirmó. Está convencido de que Argentino terminó la primaria, pero con 15 años comenzó a trabajar en el campo. Señaló que su hermano hizo el servicio militar en Esquel y, después, regresó a la estancia. “Siempre estuvo solo. No tuvo hijos”, comentó. Su hermano Amador vive en Dina Huapi. Dijo que varias veces llevó a Argentino a su casa, pero que él siempre vuelve a Collón Cura.

Nadie sabe con certeza por qué Argentino decidió irse y vivir en soledad. “De un momento a otro comenzó a alucinar, a decir cosas que no entendíamos”, explicó Amador. Durante un tiempo le perdieron el rastro hasta que les avisaron que estaba en Collón Cura. “Lo hemos traído varias veces a la casa, pero no quiere estar acá (en Dina Huapi). Agarra sus cosas y se va”, aseguró Amador.


Cumpleaños

Argentino tiene 68 años.
El jueves era el cumpleaños de Argentino. Pero ni siquiera lo mencionó. El tiempo dejó de ser una preocupación para él en ese rincón, situado a mitad de camino de la Bajada de Collón Cura, en la Ruta Nacional 237.

Otras cosas lo inquietan. Como un perro de pelaje marrón que se marchó repentinamente. “Capaz que alguien se lo llevó”, sostuvo Argentino. Contó que había llegado junto con Pichicho, como bautizó al perrito que sigue firme a su lado. Todavía añora a una perra que muchos años lo acompañó y que se la llevaron al pueblo.

Argentino contó que se levanta cuando el sol aparece por sobre las montañas. Toma mate ocasionalmente. Sus días pasan entre caminatas para ir a buscar agua hasta un mallín, ubicado en las cercanías, donde hay un ojo de agua, y contemplar el horizonte. No tiene horarios. Come si tiene hambre. Ahora, camina mucho menos. Antes salía y podía recorrer decenas de kilómetros por la ruta durante horas.

Dijo que se acuesta cuando el sol se oculta detrás de la imponente Cordillera de los Andes. Dijo que ocasionalmente se aproxima algún zorro, en busca de comida. No tiene apuro. Vive de esa forma hace 30 años, en el lugar que eligió por azar, alejado del bullicio de las grandes ciudades. Allí, disfruta, a su manera, de la soledad.

“No soy médico”
“La gente dice muchas mentiras”, afirmó Argentino Libertador Aranea. No es la primera vez que tiene que explicar que no es médico, que no sufrió un accidente donde perdió a su familia y que vivir en soledad en Collón Cura no es parte de un suplicio. “No soy médico”, afirmó tal como se lo había dicho el 11 de septiembre de 2001 a “Río Negro”.

“La trágica historia del médico argentino que vive como indigente y conmueve las redes sociales”, tituló un reconocido portal de noticias el 4 de enero de 2013. “La historia conmueve y en menos de tres días fue compartida por más de 77.000 usuarios en Facebook. El médico que vive como indigente tras perder a su familia en un accidente automovilístico se sometió a una penitencia eterna”, afirmaba la cabeza de la nota. La leyenda se había comenzado a construir hace mucho tiempo.

“Agarraba sus cosas y se iba”
Amador Aranea es un año menor que su hermano Argentino Libertador. Recordó que era un joven muy alegre, trabajador, hasta que de un momento a otro se marchó y comenzó a deambular. Afirmó que varias veces trató de que su hermano se quedara en Dina Huapi, en una casita que le habían ofrecido. Pero no quiso.

“Agarraba sus cosas en una mochila y se iba. Lo trajimos varias veces y algunas no quiso ni comer”, contó. “Acá no puedo estar. Llevame, llevame, me decía”, relató. “Me preocupa mucho el invierno y me duele que él viva así”, dijo. Agregó que lo visita con frecuencia y también unas sobrinas de Piedra del Águila. “Mi papá era puestero en la estancia El Cóndor”, recordó. Dijo que Argentino llegó a administrar la estancia Cabeza de Vaca.

“Sus patrones lo querían mucho, era muy trabajador”, señaló. Era un campo de los dueños de la estancia San Ramón, ubicada en cercanías de Bariloche. Amador dijo que nunca se dieron cuenta de lo que le pasaba a su hermano y que lo llevó a vivir aislado. “Siempre le gustó estar solo”, comentó. “Cuando lo vas a ver te dice que él se arregla solo.

En Piedra del Águila también le habían hecho una casita”, señaló. “Me duele en el alma que esté ahí porque pasa frío. Comida no le falta. Pero él es muy cerrado y caprichoso”, sostuvo. Dijo que en los próximos días tiene que visitarlo para cortarle la leña y llevará agua en bidones.

“Me gustó acá porque puedo estar solo, y me quedé. No me gusta vivir en el pueblo, mucha gente, mucho ruido. Acá las madrugadas son heladas. A veces me resfrío un poco...”. dice Argentino Libertador.