

Unas 50 mujeres de la comunidad mapuche Ancatruz y de Santo Tomás se reunieron por primera vez para intercambiar experiencias productivas.
Organizaron charlas con médicas, una nutricionista y una psicóloga que trataron temas como los derechos de la mujer rural y la alimentación.
Piedra del Águila > Al sur de la provincia, dos pequeñas comunidades cercanas tuvieron por primera vez un encuentro regional para festejar el Día de la Mujer Rural. La agrupación mapuche Ancatruz recibió en su paraje a las mujeres de Santo Tomás para intercambiar experiencias productivas y reconocerse desde las diferencias de sus historias.
Con el soporte técnico de la Subsecretaría de Desarrollo Rural y Agricultura Familiar de Nación, que trabaja en Piedra del Águila, se organizó el encuentro para acercar las dos comunidades con el fin de incentivar la producción y el mercado entre ellas.
Con la AFR de Santo Tomás la comunidad está en un estado de organización avanzado en relación a la de Ancatruz y ese fue uno de los objetivos de unirlas en un encuentro. En la primera hay alfareros, crianceros y huerteros que forman un grupo de feriantes de diez mujeres y un varón. En la segunda se trabaja con cuatro parajes – Paso Yuncón, Zaina Yegua, Piedra Pintada y Sañi Có- con crianceros y se está comenzando a implementar un programa para cultivar verduras en huerta.
Las mujeres por su lado demandaron informarse y trabajar en temas relacionados a los derechos de salud de la mujer -en lo reproductivo, salud mental y alimentación. Por eso desde la Subsecretaría se organizaron charlas con médicas generalistas, una nutricionista y una psicóloga que trataron temas como los derechos de la mujer rural, la alimentación saludable, el embarazo adolescente y la prevención del segundo embarazo.
“La idea es que las mujeres de estas comunidades que están a 70 kilómetros de distancia se conozcan y compartan sus realidades que son muy distintas. En Ancatruz comen sólo carne y tienen problemas de alimentación por la falta de variación en sus comidas”, expresó Jazmín Hernández, una de las ingenieras agrónomas de la Subsecretaría que trabajó en el encuentro.
Pablo Sarmiento, también técnico del equipo, mencionó que están trabajando en un proyecto de invernadero para esa comunidad, para que comiencen a plantar sus verduras.
Obstáculos
Con el objetivo de romper barreras y mitos se realizó el encuentro entre las comunidades pero fueron los técnicos los que primero debieron realizarlo. Ellos se acercaron a las pobladoras para implementar un programa que buscaba fortalecer la comercialización de artesanías y telares mapuches pero descubrieron que ya no se realizaban más.
“En los parajes quedan adultos y niños, los jóvenes se han ido a pueblos más grandes o a la capital y se perdió la costumbre de las artesanías y el telar así que tuvimos que cambiar el programa y realizar una capacitación en ellas, para intentar recuperar su historia y generar una producción propia para las mujeres”, comentaron los técnicos.
Hernández expresó que a las mujeres de la zona les cuesta más generar un recurso propio pero que de a poco se van animando a vender las artesanías que producen o los frutos que cosechan en las distintas ferias que se están organizando.
“La posibilidad de aportar les da felicidad, descubrieron que pueden comprar los útiles de sus hijos, aportar a la caja familiar y que no sólo producen para el autoconsumo sino que hay gente interesada en comprar lo que ellas crean”, explicó.
Experiencias de vida muy distintas
Las abuelas Martina Aquito de la comunidad Ancatruz y Delfa Altamiranda de Santo Tomás fueron las encargadas de compartir con las 50 mujeres que asistieron al encuentro sus historias de vida.
En sus ojos se ve la experiencia de 69 años trabajando la tierra, con voz serena y calma, ambas comentaron lo distinto que está todo ahora y las diferencias entrañables con su juventud.
“Yo hago huerta, es lo que heredé de mis antepasados, antes teníamos un quinta linda para nuestras verduras y lo que sobraba lo regalábamos porque vivíamos de los animales, no teníamos la cultura de vender nuestros productos”, cuenta Delfa.
La abuela compartió con las más jóvenes que antes podía vivir una familia de manera holgada con el único ingreso que dejaba el ganado ovino “pero eso ya cambió y ahora no se puede más que sobrevivir”. “Cuando se acercaron los ingenieros de las AFR nos incentivaron a vender los productos pero cuando uno es humilde piensa que lo suyo no vale pero no es cierto, de esto vivimos toda la vida y vale mucho”, expresó.
La abuela Martina tiene 69 años, diez hijos, 33 nietos y un bisnieto, es nacida y criada en Santo Tomás. Le dedicó su vida a los animales, con su marido tuvo ovejas, chivas y pavos. En el encuentro de mujeres se mostró contenta por “poder aprender de anciana cosas que nunca hice de joven”.
Más tímida que Delfa, Martina es callada y tiene una mirada serena, comentó que su mamá le enseñó a tejer desde muy chiquita “pero no me valoraban los telares ni los tejidos así que dejé de hacerlos. Se los enseñé a mis hijas también pero no les interesó”, comentó.
Delfa indicó que los jóvenes se están yendo de las comunidades y que es importante que sepan de sus derechos para poder ejercerlos frente a los demás.
“Antes las mujeres estaban pintadas, sólo cocinaban, ahora desde que participan más en las decisiones las casas están mejor y el hombre se da cuenta de eso. Sin embargo, en mi época, cuando yo discutía con mi marido jamás se llegaba a las agresiones físicas que veo que suceden ahora, una se salía con la suya de otra forma que no generaba la violencia que hay ahora”, opinó.
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