


Comienza la estación del sol y, para recibirla, muchos tonos de primavera se quedaron a la vera de las rutas o en las praderas precordilleranas, Solo basta verlas, como Hans Schulz que registró el fin de semana con su cÔmara. Todo el color florece en estas imÔgenes, que también traen fragancias de Navidad y de recuerdos. Feldblumen
(Flores de la pradera)
Joven aĆŗn, pensaba que las flores eran cosas de mujeres. A mi madre le fascinaban y nunca voy a olvidar los ramos agrestes que decoraban nuestra casa hasta su muerte. “Flores de los prados” las llamaba en alemĆ”n: “Feldblumen”. Y asĆ quedaron en el folklore familiar.
A medida que pasaban los años comencé a creer que las flores eran cosas de suizos porque en la aldea en que nacà y en las postales que llegaban de Europa, los jardines con las flores mÔs lindas eran las de las casas de los suizos. Después vinieron tantas otras cosas que me olvidé de las flores. Y fue en el extremo septentrional del desierto de Atacama y en el monte de Catamarca y Jujuy cuando de la mano de una suiza volvà a descubrirlas.
Cuando el “desierto florido”, del cuĆ”l he enviado algunas fotos al digital, se desplegó ante nuestros ojos supe que no volverĆa a olvidarme de las flores. Pero allĆ tambiĆ©n aprendĆ una lección: no basta con mirarlas al pasar, hay que internarse en los prados y observar detenidamente sus secretos.
Son mundos que permanecen invisibles a los ojos de los que pasan raudamente por las rutas. Mundos multicolores y microscópicos que la cÔmara va descubriendo a medida que los recorremos. Pronto viene la Navidad y las fiestas del Año Nuevo cristiano y tal vez sea una buena recomendación que dejemos de andar a las apuradas y abramos los ojos a la belleza que estÔ a sólo unos minutos de nuestras casas. Vayan estas fotos para inspirar a los curiosos y en recuerdo de mi madre y de Madeleine con la que comencé a redescubrir el universo oculto de las flores.
Hans Schulz
(Flores de la pradera)
Joven aĆŗn, pensaba que las flores eran cosas de mujeres. A mi madre le fascinaban y nunca voy a olvidar los ramos agrestes que decoraban nuestra casa hasta su muerte. “Flores de los prados” las llamaba en alemĆ”n: “Feldblumen”. Y asĆ quedaron en el folklore familiar.
A medida que pasaban los años comencé a creer que las flores eran cosas de suizos porque en la aldea en que nacà y en las postales que llegaban de Europa, los jardines con las flores mÔs lindas eran las de las casas de los suizos. Después vinieron tantas otras cosas que me olvidé de las flores. Y fue en el extremo septentrional del desierto de Atacama y en el monte de Catamarca y Jujuy cuando de la mano de una suiza volvà a descubrirlas.
Cuando el “desierto florido”, del cuĆ”l he enviado algunas fotos al digital, se desplegó ante nuestros ojos supe que no volverĆa a olvidarme de las flores. Pero allĆ tambiĆ©n aprendĆ una lección: no basta con mirarlas al pasar, hay que internarse en los prados y observar detenidamente sus secretos.
Son mundos que permanecen invisibles a los ojos de los que pasan raudamente por las rutas. Mundos multicolores y microscópicos que la cÔmara va descubriendo a medida que los recorremos. Pronto viene la Navidad y las fiestas del Año Nuevo cristiano y tal vez sea una buena recomendación que dejemos de andar a las apuradas y abramos los ojos a la belleza que estÔ a sólo unos minutos de nuestras casas. Vayan estas fotos para inspirar a los curiosos y en recuerdo de mi madre y de Madeleine con la que comencé a redescubrir el universo oculto de las flores.
Hans Schulz
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