
Los matadores de angelitos Por Carlos del Frade
- Cuando la Argentina fue conmovida por el genocidio de los gauchos federales, algunos ex guerrilleros de la causa comenzaron a contar la historia como pudieron y la difundieron por distintos canales de comunicación. Algunos de esos relatos alcanzaron las alturas de la mitologĆa, como el “MartĆn Fierro”, de un sobreviviente de aquella cacerĆa que hicieron los ejĆ©rcitos de Buenos Aires en relaciones carnales con el imperio de la Ć©poca, Gran BretaƱa. JosĆ© HernĆ”ndez gambeteó la pena de muerte que pesaba sobre su humanidad y no solamente generó aquel texto si no tambiĆ©n la gran investigación sobre la vida y el asesinato de Angel Vicente PeƱaloza, un anticipo de las formas con que el ejĆ©rcito argentino irĆa acumulando experiencias en sus genes para despuĆ©s descargar la noche carnĆvora iniciada en 1976.
En esas narraciones que luego se hicieron circo criollo y sainete, siempre habĆa un momento de mucho dolor que era el velorio del angelito. La despedida de un chiquito o una chiquita que piantaba hacia la pampa de arriba mucho antes de tiempo.
Aquella literatura gauchesca fue consecuencia de un saqueo de tierra, una feroz represión contra los pueblos originarios y el pueblo federal y también de una primera concentración de riquezas en pocas manos.
Los velorios de los angelitos eran contemporĆ”neos de los banquetes de la oligarquĆa naciente.
Los matadores de Ć”ngeles, entonces, tenĆan la impunidad que era hija de su riqueza y el permanente robo de las expectativas de las mayorĆas.
Ciento cincuenta aƱos despuĆ©s, nada menos que en la geografĆa salteƱa, donde alumbrara una esperanza de libertad e igualdad, como eran las montoneras de MartĆn Miguel de Güemes, los velorios de los angelitos se multiplican y parece ser que los asesinos volverĆ”n a esquivar los lentĆsimos brazos de la justicia.
La noticia parece ser una fotocopia ajada de los Ćŗltimos meses: “Dos nenitas de la etnia wichi dejaron de existir, vĆctimas de severos cuadros de desnutrición. La primera era una beba de un aƱo y tres meses, que fue trasladada a la capital salteƱa desde el norte, en un avión sanitario. Estuvo internada un mes en el hospital Materno Infantil con un cuadro de “deshidratación”, y finalmente falleció en la madrugada del jueves por un “shock sĆ©ptico”, a consecuencia de la desnutrición que padecĆa. La otra nena, de un aƱo y siete meses, murió en Tartagal el viernes”, de la primera semana de marzo de 2011.
El parte mĆ©dico del hospital parece ser una genealogĆa del crimen.
“La infección generalizada, la mala alimentación y los malos hĆ”bitos higiĆ©nicos influyeron para que esta nena no haya podido recuperarse”, sostiene el documento.
Los angelitos son exiliados del paraĆso que jamĆ”s llegaron a conocer.
Ćngeles exiliados de tierras saqueadas.
Ya suman diez, las chiquitas y los chiquitos que ni siquiera llegaron a experimentar el sabor increĆble de un alfajor de chocolate en el norte salteƱo.
-No les falten el respeto a nuestros muertos - fue lo que le dijeron a un fotógrafo mientras velaban a uno de estos angelitos, como decĆa la vieja literatura gauchesca.
Los matadores de angelitos, en tanto, gozan de buena salud.
Son los herederos de los saqueadores del siglo diecinueve y estƔn acostumbrados a mirar para otro lado y silenciar sus bocas.
AlgĆŗn dĆa las lĆ”grimas no alcanzarĆ”n.
Y llegado ese tiempo es posible que haya una vida nueva para cortar tanta crónica de impunidad y dolor.
- Cuando la Argentina fue conmovida por el genocidio de los gauchos federales, algunos ex guerrilleros de la causa comenzaron a contar la historia como pudieron y la difundieron por distintos canales de comunicación. Algunos de esos relatos alcanzaron las alturas de la mitologĆa, como el “MartĆn Fierro”, de un sobreviviente de aquella cacerĆa que hicieron los ejĆ©rcitos de Buenos Aires en relaciones carnales con el imperio de la Ć©poca, Gran BretaƱa. JosĆ© HernĆ”ndez gambeteó la pena de muerte que pesaba sobre su humanidad y no solamente generó aquel texto si no tambiĆ©n la gran investigación sobre la vida y el asesinato de Angel Vicente PeƱaloza, un anticipo de las formas con que el ejĆ©rcito argentino irĆa acumulando experiencias en sus genes para despuĆ©s descargar la noche carnĆvora iniciada en 1976.
En esas narraciones que luego se hicieron circo criollo y sainete, siempre habĆa un momento de mucho dolor que era el velorio del angelito. La despedida de un chiquito o una chiquita que piantaba hacia la pampa de arriba mucho antes de tiempo.
Aquella literatura gauchesca fue consecuencia de un saqueo de tierra, una feroz represión contra los pueblos originarios y el pueblo federal y también de una primera concentración de riquezas en pocas manos.
Los velorios de los angelitos eran contemporĆ”neos de los banquetes de la oligarquĆa naciente.
Los matadores de Ć”ngeles, entonces, tenĆan la impunidad que era hija de su riqueza y el permanente robo de las expectativas de las mayorĆas.
Ciento cincuenta aƱos despuĆ©s, nada menos que en la geografĆa salteƱa, donde alumbrara una esperanza de libertad e igualdad, como eran las montoneras de MartĆn Miguel de Güemes, los velorios de los angelitos se multiplican y parece ser que los asesinos volverĆ”n a esquivar los lentĆsimos brazos de la justicia.
La noticia parece ser una fotocopia ajada de los Ćŗltimos meses: “Dos nenitas de la etnia wichi dejaron de existir, vĆctimas de severos cuadros de desnutrición. La primera era una beba de un aƱo y tres meses, que fue trasladada a la capital salteƱa desde el norte, en un avión sanitario. Estuvo internada un mes en el hospital Materno Infantil con un cuadro de “deshidratación”, y finalmente falleció en la madrugada del jueves por un “shock sĆ©ptico”, a consecuencia de la desnutrición que padecĆa. La otra nena, de un aƱo y siete meses, murió en Tartagal el viernes”, de la primera semana de marzo de 2011.
El parte mĆ©dico del hospital parece ser una genealogĆa del crimen.
“La infección generalizada, la mala alimentación y los malos hĆ”bitos higiĆ©nicos influyeron para que esta nena no haya podido recuperarse”, sostiene el documento.
Los angelitos son exiliados del paraĆso que jamĆ”s llegaron a conocer.
Ćngeles exiliados de tierras saqueadas.
Ya suman diez, las chiquitas y los chiquitos que ni siquiera llegaron a experimentar el sabor increĆble de un alfajor de chocolate en el norte salteƱo.
-No les falten el respeto a nuestros muertos - fue lo que le dijeron a un fotógrafo mientras velaban a uno de estos angelitos, como decĆa la vieja literatura gauchesca.
Los matadores de angelitos, en tanto, gozan de buena salud.
Son los herederos de los saqueadores del siglo diecinueve y estƔn acostumbrados a mirar para otro lado y silenciar sus bocas.
AlgĆŗn dĆa las lĆ”grimas no alcanzarĆ”n.
Y llegado ese tiempo es posible que haya una vida nueva para cortar tanta crónica de impunidad y dolor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario