Los habitantes de la zona del perilago del Nahuel Huapi fueron los primeros en recibir la violencia de la naturaleza. Cómo es el día a día en un paisaje que cambió el verde por el gris.
El verde de hace dos semanas se transformó en gris. Dora lucha por mantener su producción. (Fabian Ceballos)
Navegar el lago se hizo casi imposible por la caída de piedra pómez. (Fabian Ceballos)
Alimentar a los animales se convirtió en la principal preocupación de Juan Carlos Martínez. (Fabian Ceballos)
Texto: JORGE VILLALOBOS Fotos: FABIÁN CEBALLOS
La Mañana recorrió la zona más afectada por la caída de arena volcánica. Se trata de familias que estuvieron aisladas por cuatro días.
Villa La Angostura > Cuando Dora Monsalve y su marido, Nicanor “Topo” Jara salieron a caminar la mañana del 4 de junio percibieron que algo no andaba bien. Los perros que los acompañan para todos lados, de pronto, comenzaron a llorar sin ninguna razón. “No querían bajar del cerro”, recuerda Nicanor. “Allí sentimos el primer temblor”. Regresaron a su casa, ubicada sobre una loma con una amplia vista al lago Nahuel Huapi y a la Cordillera de los Andes, y vinieron otros movimientos. Alrededor de las 15.30, la tierra y el cielo se estremecieron. El complejo Cordón Caulle había hecho erupción y comenzaba el drama para las familias que viven en la zona del perilago Nahuel Huapi.
Juan Carlos Martínez todavía se conmueve cuando recuerda aquella tarde. No es el único. Ninguna de las personas que viven en este rincón imaginó que iban a vivir una situación semejante.
La furia de la naturaleza se ensañó con esta zona de la región cordillerana y en cuestión de horas un manto gris de cenizas, piedra pómez y arena volcánica cubrió este pedazo de paraíso.
“Creo que yo no voy a alcanzar a ver más verde en veinte años”, lamenta Juan Carlos, mientras recorre la amplia playa de la Bahía Dormilón, cubierta de arena volcánica. Juan Carlos nació en 1961 y toda su vida la ha pasado entre el perilago y La Angostura.
La Mañana de Neuquén recorrió la zona tal vez más castigada por la erupción del Cordón Caulle. Para acceder a ese rincón hubo que cruzar el lago Nahuel Huapi en un gomón, con Juan Carlos.
Los pobladores del perilago estuvieron aislados durante cuatro días, porque el lago estaba cubierto con una placa de más de 20 centímetros de piedra pómez que impedía navegar.
De hecho aún quedan sedimentos flotando sobre el lago que ha cambiado radicalmente su color. El azul intenso que caracterizaba al Nahuel Huapi mutó a un turquesa. Aunque la mayor parte de la piedra pómez está sobre las playas.
Juan Carlos cuenta que estaba en el Paraje Arbolito, distante a unos 9 kilómetros de Villa La Angostura, cuando rugió el Cordón Caulle. Desde ese punto, el complejo volcánico está a unos 30 kilómetros en línea recta.
La población Monsalve está todavía más cerca. Según estimó Ricardo Monsalve están a unos 15 kilómetros del macizo volcánico. Juan Carlos cree que el lago se cubrió de piedra pómez en menos de dos horas. “No tomamos dimensión de lo que estaba pasando”, afirma.
En el Paraje Arbolito hay unos treinta centímetros de arena volcánica compactada contra el suelo. Las vacas que tiene Juan Carlos la padecen.
Comida y animales
Los animales estuvieron casi cinco días sin comer porque era imposible trasladar forraje y alimentos desde Villa La Angostura. Prefectura Naval intentó navegar en esos días pero rompieron los motores de las embarcaciones.
Recién cuando Juan Carlos pudo cruzar hasta el pueblo, consiguieron forraje para los animales.
En el perilago viven unas ocho familias. Son casi veinte personas, estimó Juan Carlos quien se moviliza en un gomón porque es el medio de transporte más útil. Además, para llegar a caballo hasta Villa La Angostura por un sendero son casi dos horas y media.
Dice que analizan la posibilidad de evacuar las vacas, aunque prefiere vender algunas.
Los ñires, radales, espinos negros y coihues son testigos silenciosos del azote de la naturaleza. Juan Carlos está convencido de que con la lluvia y el viento, volverán a mostrar su color natural.
En la población Monsalve siguen sintiendo algunos temblores. Ricardo indica que su familia vive allí desde 1913, cuando su abuelo llegó procedente de Chile.
“Siempre tuvimos nieve, hasta un metro y medio a veces, pero nunca esto”, indica, mientras observa el entorno de la casa de su familia que ha cambiado por completo.
Recuerda que sus padres y abuelos vivieron el terremoto de 1960, cuando hizo erupción el volcán Osorno, pero cayó un poco de ceniza. Nunca como lo que pasó ahora.
“Tengo esperanza de que en algún momento tiene que parar”, sostiene Ricardo.
Explica que están “escatimando el alimento a los animales”. Dice que cada vaca consume entre 3 ó 4 fardos diarios, pero ahora le están dando sólo un fardo cada dos días.
Dora reconoce que en un momento sintió mucho miedo. Sobre todo, después de la erupción y cuando la nube negra, con residuos volcánicos, cubrió todo el cielo. “Nunca pensé que íbamos a vivir esto”. Pero asegura que nunca evaluaron irse.
Arena volcánica
En la población Monsalve cayó casi medio metro de arena y ceniza volcánica. Al día siguiente de la erupción el lugar era otro. “Fue impresionante ver cómo estaba todo lleno de arena”, señaló Dora. Se habían secado los arroyos, el lago no se podía navegar y estaban aislados. Gonzalo Ayala y María Rosa asienten el relato. Ellos viven en Villa La Angostura y llevan agua y provisiones a sus familiares.
“No tenemos muchas opciones”, admite Juan Carlos. “Pero no tenemos que bajar los brazos porque de esto se sale”.
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