Madres especiales - Piedra OnLine

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domingo, 16 de octubre de 2011

Madres especiales

A puro amor, luchan dĆ­a a dĆ­a para mejorar la vida de sus hijos

Tienen chicos con alguna discapacidad, pero se arman de fuerza para criarlos. Se informan, buscan respuestas, tratamientos y jamƔs bajan los brazos. AcƔ, tres historias para compartir en su dƭa.

PorMariana Iglesias

MARIANA CACCIATORI. “EL NEURƓLOGO DIJO TGD, TRASTORNO GENERALIZADO DE DESARROLLO. YO EN EL FONDO YA LO SABƍA. ENSEGUIDA BUSQUƉ AYUDA Y APOYO PARA Mƍ PORQUE ME DI CUENTA QUE ERA LO MEJOR PARA AYUDARLO A JUANI Y A TODA LA FAMILIA”.



Escuchar que un hijo no estĆ” bien es una bomba que atraviesa el ser. Es un antes y un despuĆ©s. Es la vida partida en dos. Ya nada serĆ” igual. Los valores, los proyectos, los sueƱos. La noticia aturde, enloquece, enferma. Sólo una madre intuye cómo salir de ese dolor para reinventarse como otra madre, mucho mĆ”s fuerte y sabia. Una madre que serĆ” esencial para amar a ese hijo que volverĆ” a ser parte de su cuerpo. Y que se multiplicarĆ” para sostener a sus otros hijos. Y acaso tambiĆ©n a su pareja. ¿MĆ”rtires? En absoluto.

Según la última Encuesta Nacional de Personas con Discapacidad, hay 513.000 chicos con alguna discapacidad. Es decir, hay mÔs de medio millón de madres especiales. Madres que se tragan sus frustraciones y enfrentan estoicas miradas de rechazo o piedad. Madres que no paran hasta encontrar el mejor tratamiento, el mejor especialista. Madres que hacen magia con el tiempo para ocuparse de todo. Madres que de tanto indagar se vuelven expertas. Madres instintivamente empÔticas que miran profundo y festejan cada logro como una conquista.

“Son situaciones tristes que las mujeres saben sobrellevar. Son madres que deben lidiar con la frustración cotidiana, que se sienten tironeadas por el trabajo y sus otras ocupaciones y que no pueden pensar en ellas. AsĆ­ que deben controlar el fastidio, el cansancio y el malhumor”, dice Raquel Rascovsky, de la Asociación PsicoanalĆ­tica Argentina (APA). Su colega, Graciela Faiman, dice mĆ”s: “Tener un hijo enfermo es una conmoción familiar, pero que las mamĆ”s saben superar. Se entregan a esos hijos y ellos les devuelven todo el amor. Son hijos muy cariƱosos y grandes compaƱeros”.

Juani la miraba a Mariana y le regalaba sus sonrisas divinas, que intercalaba con una retahila interminable de “mami”, “mami”, “mami”. Pero un dĆ­a incierto, cercano al primer aƱo, Juani “se tildó”, como elige decir Mariana. Los ruidos empezaron a molestarle, no soportaba estar con gente. Y lo peor: no enfocó mĆ”s su mirada y dejó de decir mamĆ”. “Se volvió un chico histĆ©rico, confundido, antisocial. No pudo ir al jardĆ­n, no se quedaba, no aguantaba a los otros nenes”, cuenta Mariana Cacciatori (38, abogada, administradora de edificios). “TGD”, dijo el neurólogo. Nada sabĆ­a ella del Trastorno Generalizado del Desarrollo. Estudios mĆ”s profundos hablaron de autismo. “Es raro escuchar el diagnóstico. Por un lado ya lo sabĆ©s, por otro no, y te toca el ego. Te alegrĆ”s que no sea algo peor, cada uno reacciona como puede. A mĆ­ me quedó claro que tenĆ­a que buscar ayuda para sostener a mi hijo y a toda la familia”. Mariana admite que va al psiquiatra, que toma antidepresivos y que una vez la internaron porque le bajaron las defensas. “Era una angustia permanente. Estaba con Ć©l y eran horas de silencio. DerramĆ© muchas lĆ”grimas. Me frustraba diciĆ©ndole cosas y Ć©l ni me miraba”. Mariana habla en pasado porque cuenta que desde que forma parte de la Asociación Argentina de Padres de Autistas (Apadea), todo cambió. Los apoyaron, los orientaron. Juani hace terapia ocupacional, musicoterapia y va al JardĆ­n Nuevo Siglo con una maestra integradora. “Volvió a decir mamĆ”. Juani volvió a la vida”, cuenta esta mujer de ojos enrojecidos. Y habla de JoaquĆ­n, su hijo mĆ”s grande. Al principio fue duro. “Mami, me dijiste que iba a tener un hermanito para jugar y Juani no juega conmigo”, reclamaba. De a poco JoaquĆ­n fue comprendiendo, como todos. “Es un ser muy especial, tiene 6 aƱos pero parece de 15, es un apoyo enorme”, cuenta Mariana. “Dicen que Juani tiene buen pronóstico. No sĆ© quĆ© significa. Es un signo de interrogación constante. Me alcanza con que sea feliz”.

“Todos tememos lo desconocido”, sentencia Verónica Capurro, psicóloga, 42 aƱos. Ella ya tenĆ­a a Mateo, de 3 aƱos, cuando se desencadenó el parto de Bruno a los seis meses de gestación. Pesaba un kilo. La internación fue eterna, y ella pasaba sus ratos al lado de la cunita, sacĆ”ndose leche. Un anĆ”lisis genĆ©tico dijo que Bruno tenĆ­a Sindrome de Down. A los dos kilos llegó el alta, pero con el sanatorio en casa porque el bebĆ© no coordinaba respiración y deglución. Tan dedicada estaba Verónica a ese bebĆ© que Mateo, el mayor, vivĆ­a enfermo para llamar su atención. “Me cayeron todas las fichas. Yo trabajaba en una multinacional, hacĆ­a un posgrado, con Ć©l fui una madre ausente. Ahora puedo decirlo: Bruno me dio la posibilidad de ser mamĆ” y recuperar a Mateo. Hoy es natural para mi ser mamĆ”. Los disfruto muchĆ­simo. DejĆ© de lado mi intelectualidad y con ellos mi conexión es fĆ­sica. Ahora soy mucho mĆ”s cariƱosa y humana”.

Adriana Maenza (57) le abre la puerta a Pachu, que vuelve del Centro de ParĆ”lisis Cerebral (CPC) al que va desde hace 18 aƱos, desde que tenĆ­a 4. La saca de su silla y la acomoda junto a ella en el sillón. La abraza, la besa, la acaricia, le hace preguntas, le sonrĆ­e, la calma, la peina. Pachu se entrega al amor y sonrĆ­e. “Hola”, “Hola”, “Hola”, le dice cada tanto a esa mamĆ” que no deja de mirarla nunca. Pachu tiene una gemela, Celeste, y dos hermanos mayores: SebastĆ­an (31) y Lucas (26). Adriana es una mamĆ” experimentada que ya corrió demasiado. “Somos una familia muy unida y Pachu siempre estuvo al lado nuestro, haciendo lo mismo que hacĆ­amos todos. Es duro, pero es nuestra realidad”. El diagnóstico. Pasar del cochecito de bebĆ© a la silla de ruedas, las miradas en la calle. “Es mucho peso, todo se dificulta. Y siempre tenĆ©s que tener todo planeado por si vos no estĆ”s, siempre tiene que haber alguien que te cubra la espalda. Yo trato de no pedir socorro, porque siento que todo lo puedo”.

Medio millón de hijos especiales. Medio millón de madres muy especiales.

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