Desde niña fantaseó con ser escritora. Pero los prejuicios de su comunidad hicieron que postergara 35 años su sueño.
Ahora presentarƔ su libro, un ensayo sobre la cultura y las costumbres de su pueblo, en la Feria del Libro de NeuquƩn.
Fernando Castro
fcastro@lmneuquen.com.ar
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NeuquƩn
La gitana Ana Miguel se sienta en su sillón. EstĆ” claro que es el de ella: no podrĆa estar tan cómoda, lĆŗcida y esplĆ©ndida si el sillón que eligió para sentarse no fuera su predilecto. Son las cuatro de la tarde. Unas hebras de sol cruzan el amplĆsimo estar rectangular de su casa y le confieren un resplandor de ensueƱo a la belleza ancestral de su vestido color salmón. Como toda gitana, Ana es la insinuación misma. La atmósfera tiene algo de lo que decreta el acervo popular para un lugar como este: por la ventana se ve el patio anterior donde prevalecen unos autos en venta; adentro la decoración es cĆ”lida pero despojada, una gran cortina parte en dos los ambientes de la gran casona, y late una fiesta apagada que, uno piensa, en cualquier momento podrĆa estallar entre estas cuatro paredes. Lo diferente y Ćŗnico sucede cuando Ana, la gitana escritora, una perla que se llama Perla, cuenta su historia.
“Un dĆa, despuĆ©s de 35 aƱos de andar para allĆ” y para acĆ”, entregĆ”ndole la vida a mi familia, de vivir en carpas en pueblos del norte, de casarme, quedar viuda, y creer que el momento habĆa llegado, reunĆ a mis hijos y les dije: hijos mĆos, ya estĆ”n grandes. Ya los he criado. Tienen la vida encaminada. No les pido permiso. Se los informo: voy a escribir un libro”, dice.
La gitana Ana Miguel se sienta en su sillón. EstĆ” claro que es el de ella: no podrĆa estar tan cómoda, lĆŗcida y esplĆ©ndida si el sillón que eligió para sentarse no fuera su predilecto. Son las cuatro de la tarde. Unas hebras de sol cruzan el amplĆsimo estar rectangular de su casa y le confieren un resplandor de ensueƱo a la belleza ancestral de su vestido color salmón. Como toda gitana, Ana es la insinuación misma. La atmósfera tiene algo de lo que decreta el acervo popular para un lugar como este: por la ventana se ve el patio anterior donde prevalecen unos autos en venta; adentro la decoración es cĆ”lida pero despojada, una gran cortina parte en dos los ambientes de la gran casona, y late una fiesta apagada que, uno piensa, en cualquier momento podrĆa estallar entre estas cuatro paredes. Lo diferente y Ćŗnico sucede cuando Ana, la gitana escritora, una perla que se llama Perla, cuenta su historia.
“Un dĆa, despuĆ©s de 35 aƱos de andar para allĆ” y para acĆ”, entregĆ”ndole la vida a mi familia, de vivir en carpas en pueblos del norte, de casarme, quedar viuda, y creer que el momento habĆa llegado, reunĆ a mis hijos y les dije: hijos mĆos, ya estĆ”n grandes. Ya los he criado. Tienen la vida encaminada. No les pido permiso. Se los informo: voy a escribir un libro”, dice.
Pero como casi siempre, hay una historia detrĆ”s de la historia. Y comienza mucho antes. “Mi padre fue un revolucionario entre los gitanos de su Ć©poca. Se fue de la comunidad gitana donde vivĆa, por amor, para casarse con una alemana en Chaco. A mĆ me parece que ahĆ comenzó todo. Porque yo pude aprender a leer y a escribir y eso, a diferencia de mis pares, me abrió unas puertitas para ver algunas cosas de un modo diferente”, explica Perla, que recuerda su encanto inicial con las palabras.
“Yo era una nena y andaba por ahĆ recitando poesĆas. Escribiendo algunos versitos. Te voy a decir algo: lo que pasa es que asĆ como me ves, yo soy muy romĆ”ntica”, se confiesa.
Hasta ese momento, cuenta Ana, “habĆa tenido una vida criolla”, en una ciudad del interior, como la de cualquier niƱo de ciudad, con una “mamĆ” alemana y un papĆ” que se adecuaba a la vida fuera de la comunidad gitana. A mĆ me iba bĆ”rbaro en el colegio. Me sacaba diez en todo, era una muy buena alumna, hasta que un dĆa, cuando estaba por terminar la secundaria, tuve la idea de decirle a mi padre que iba a ir a la universidad a estudiar Derecho, y ya no le gustó para nada”.
“Mi padre tenĆa una carga por lo que hizo cuando se fue. Los gitanos lo cuestionaron mucho. Son asĆ. Te fuiste y te defenestran. Para Ć©l era demasiado que yo quisiera ir a la universidad”, expresa con una voz tan aguardentosa como dulce.
“Frustrada con lo que pasaba, no rendĆ las dos materias que me quedaban para terminar la secundaria. Y comencĆ© a trabajar con papĆ”. Un dĆa me pasó lo que a todas las chicas gitanas: me vinieron a pedir y me terminĆ© casando”, cuenta. “Entonces dejĆ© la escritura y los libros por un rato”, rĆe, como si no le doliera nada, con una frase que deja en el ambiente estrellitas de sarcasmo. “Fui la mejor nuera posible”, dice sobre una condición en la que una gitana se juega mucho: el prodigarse totalmente a su nueva familia demuestra si la reciĆ©n integrada tiene aptitudes para pertenecer al clan.
A continuación, emprendió una vida nómade. "VĆvĆamos de pueblo en pueblo, en una gran carpa blanca, grande como este living", dice. Casi no hubo lugar para sus dotes para la escritura. "De noche, cuando los chicos dormĆan, a veces escribĆa algunas cositas”, cuenta, garabateando al aire el trazo de una lapicera invisible. "Eran algunos pensamientos, alguna poesĆa, papeles que terminaba tirando”, porque “me veĆan y decĆan: 'otra vez esta tarada escribiendo y leyendo'”. “Los gitanos piensan que es algo del mundo de los criollos. Me decĆan esto, pero por otro lado habĆa una contradicción: me traĆan los papeles del negocio para que yo los llevara. Muy contradictorio”, cuenta. Hoy con mĆ”s tiempo y calma, piensa que "es el momento para reencontrarme con la escritura". "Yo veo que hay mucha curiosidad sobre los gitanos. Estoy en el sĆŗper y me preguntan por las costumbres, los casamientos. Claro, a mĆ todo esto no me sale gratis. Los gitanos son muy celosos de lo suyo. No quieren saber nada con que cuente nuestras costumbres. Pero se ve que yo soy medio rebelde. Porque ahĆ estĆ” mi libro, que no me deja mentir”, concluye.
